Los vientos aliados rompieron la monotonía de la tarde y, con prisas, unieron las masas dispersas de nubes, eliminando los tonos azules para dejar un uniforme cielo gris tenso. A pesar de la primavera, mayo se comportaba como un insoportable otoño lluvioso y frío, de modo que, a medida que pasaban las semanas y se aproximaba el solsticio de verano, más llovía.
Aquella tarde la atmósfera pesaba como el plomo y los pájaros parecían querer precipitarse sin remedio y sin destino concreto. El campo mostraba un verde inusual y la humedad intentaba apartar la vitalidad de la gente, exhalando una especie de moho del sueño que mantenía aletargadas a las masas. Así, en la sobremesa, además del sonido hondo del aguacero, comenzaron a oírse rotundos golpes en el suelo del patio. Soledad, como de costumbre atenta a la novela de las cinco, se asustó. Impaciente, se asomó por la ventana y con sorpresa vio cómo las losas se llenaban de golondrinas que, atolondradas, caían en el geométrico pavimento.
Bajó a la calle, por donde una lengua de agua corría veloz. Asustada, cerró con firmeza la puerta y tapó las rendijas con toallas y paños en un intento de amortiguar las olas de agua que comenzaron a colarse en el zaguán. Como un soldado que en la avanzadilla inspecciona el campo de batalla, fue mirando una por una todas las habitaciones y dependencias de la casa para confirmar que las ventanas estaban bien cerradas. Atemperando sus nervios e inquietud, descolgó el teléfono para llamar a su vecina Petra. Sin éxito, comprobó que no había línea.
La tensión crecía al saberse sola, mayor e indefensa. Entonces optó por ir a la cocina y prepararse una tisana. Mientras el agua tomaba temperatura retiró levemente, con curiosidad pero con miedo, la colorida cortina de la ventana y, de nuevo, aquel dantesco escenario le erizó la piel: las golondrinas, desnortadas, empapadas e inmóviles, yacían formando un manto espeso de pobres animales que no fueron capaces de soportar la intensidad de la borrasca. A Soledad se le escaparon lágrimas tan contundentes como las gotas que sonaban en el tejadillo del patio. Con la taza de tila entre las manos fue al comedor y cambió de canal, buscando una cadena de televisión en la que encontrar noticias que dieran explicación a lo que estaba sucediendo.
Por fin, en uno de esos canales que continuamente ofrecen información, el presentador hablaba de un fenómeno atmosférico desconocido, inusual y único que mantenía a la comarca de Candón, una de las más secas del sur del país, sumida en una especie de diluvio que duraría al menos unos dos días.
El joven meteorólogo explicaba que esa noche se alternarían aguaceros con tramos de lluvia moderada. Recomendó que nadie saliera de sus casas y que aquellas personas que se hallaran en lugares inundables subieran a tejados y azoteas a la espera de que los servicios de rescate pudieran ofrecerles ayuda.
Los motivos de aquella lluvia extraña y extemporánea no tenían una explicación demasiado convincente para Soledad, quien no podía quitarse de la cabeza la imagen de las golondrinas. Sentada en su sillón orejero, repasó la situación:
«Vivo en una calle con pendiente y algo más arriba de la mitad del trazado de la misma. Por suerte ayer hice la compra y tengo comida suficiente. Gracias a que estoy en casa esta inclemente tromba de agua no me ha afectado. La casa es segura. Me mantendré informada», pensó.
Ese exceso de lluvia, esa melancolía húmeda de los últimos días, engendró en ella un desánimo creciente. De repente, mirando fijamente la pantalla de televisión con la atención perdida, comenzó a llorar, como si así quisiera hacer aflorar desde su interior la misma lluvia de infelicidad que creció con el paso de los años en los espacios vacíos de su corazón.
Y así, sus lágrimas se convirtieron en auténticos chaparrones de cólera antigua por donde se escapaban los recuerdos de una vida malgastada. A través del llanto expulsó la amargura de haber vivido con una disciplina casi marcial; maldijo su altiva soltería y su desaire hacia los demás. Buscó en su memoria las caricias tímidas de aquel primer novio de ojos avellanados y manos ásperas al que despreció porque no soportaba su olor a serrín. Recordó cómo se quedó sola cuando murieron sus ancianos padres, cómo evitó hacer amistades más allá de la camaradería típica de compañeros de trabajo en la fábrica de armamentos, donde su padre pudo buscarle un puesto de eficaz secretaria. Recordó además sus habituales y lánguidas vacaciones en Playa CalaSol. Esa nada idílica semana frente al mar en la que solo cambiaba el paisaje que veía por la ventana, ya que perpetuaba la rutina doméstica de siempre, solo que en una casa distinta y con salida rápida a la arena de playa. Recordó cómo, casi a paso de tortuga vieja y lenta, comenzó a tejer una amistad real y solidaria con su vecina Petra, casi su único nexo con los demás.
Cuando terminó de llorar era como si hubiera visto la película de su vida. Allende las ventanas había parado de llover. Entonces se asomó al balcón; la calle era un río en el que flotaban animales, muebles, vehículos, zapatos, paraguas, ramas, restos de árboles y todo un rosario de desastres provocado por los persistentes chaparrones.
El agua casi entraba por la puerta principal de la planta alta donde Soledad se encontraba. Con calma, con una calma inusitada, Soledad cogió una sábana, la estiró sobre la cama y comenzó a echar en ella ropas, una caja con fotografías y una mediana caja de caudales donde tenía sus ahorros. Cogió su bolso preferido y metió en él sus documentos: DNI, libreta bancaria, tarjeta sanitaria...
Miró el reloj de la mesita de noche; entre el llanto y la lluvia perdió la noción del tiempo. Pasaban las seis de la mañana. Entonces buscó en el armario un par de zapatos cómodos y aquel saquito de terciopelo con las pocas, pero valiosas, joyas de la familia. Unió los cuatro picos de la sábana y, a modo de hatillo, se lo echó al hombro.
Como pudo, sorteó las golondrinas muertas retirándolas con la escoba y se subió a la azotea. Helicópteros volaban bajo y en círculos intentando rescatar a todo aquel que pedía auxilio. Aferrada al hatillo de la sábana, que ahora pesaba como una piedra empapada, Soledad se acurrucó contra el pretil de la azotea. El viento le azotaba la cara con una furia que no reconocía en su tierra. Desde allí arriba, el pueblo parecía una maqueta rota, una cuadrícula de tejados que emergían del fango como lomos de ballenas grises. Sentía el frío calándole los huesos, una humedad que ya no era solo externa, sino que parecía querer reclamar también su último aliento de calor. El ruido era ensordecedor: el bramido del agua chocando contra las fachadas se mezclaba con el estruendo lejano de los truenos. Soledad miraba sus manos nudosas, blancas de frío, y luego miraba el cielo, esperando que de aquel gris uniforme surgiera algo que no fuera castigo.
Pasadas unas horas, a Soledad le llegó su turno. Atrapada y segura por el arnés de rescate, se abrazó al bombero que la sostenía.
Horas después, en el hospital central tomó conciencia de que había sobrevivido a una hecatombe. Ella solo tenía secuelas de la tensión y ansiedad sufrida durante las horas de reclusión a causa de los aguaceros.
Al trasiego de doctores y enfermeras atendiendo a los heridos y siniestrados había que sumar los periodistas que grababan, preguntaban y husmeaban por el recinto hospitalario casi como Pedro por su casa debido al caos y descontrol de la situación.
Una joven delgada, pequeña, nerviosa y rápida se acercó y, tras hacerle una señal a la compañera que operaba con la cámara, preguntó a Soledad:
—¿Señora, cuéntenos cómo ha logrado sobrevivir a las inundaciones? Soledad, mirando fijamente hacia la cámara, titubeó:
—Las golondrinas, las golondrinas... caían como la hojarasca en otoño. Las golondrinas... son criaturas del cielo, han muerto todas.
De Ana Muñoz Cubero.

No hay comentarios:
Publicar un comentario